La tina, el agua helada, las luces
semicortadas, la cuchilla en el lavabo, el arma haciendo esquina a las manillas
que modifican la temperatura del agua de la tina y yo, desnudo, detallando mi
palidez en el reflejo del espejo sobre el lavabo.
Ya no comprendía. La vida parecía ir en mi
contra, y mi yo interno no paraba de pisotearme. Estuve a punto de colapsar,
por mi mente pasaban las mil y un formas de morir. Desde salir en pellejo al
patio de la casa y morir de hipotermia, hasta sólo encender la casa conmigo
dentro. Quería morir de toda forma, ahogada, incendiado, de hipotermia, incluso
con la circulación cortada.
Comencé a desesperarme así que decidí
simplemente adentrarme al agua helada de la tina, para relajarme. Sumergí mi
cuerpo en las masas de agua y asomé la cabeza para respirar. Entrecrucé mis
manos con mi cabello negro suavizando las ondulaciones. Recorrí los espacios de
mi cuerpo por última vez e incluso llegué una vez más a “La petite mort”
Era como un éxtasis, secreciones blancas
dispersas y mis brazos agotados del movimiento. Ya no puedo conmigo mismo. En
ese preciso momento comprendí que el único que podía salvarme, era yo mismo. No
iban a ser psiquiatras, amistades, familiares, yo tenía que socorrerme a mí
mismo.
A pesar del efímero placer, no lo aguanté
más. Tomé el arma que hacía esquina, y poco a poco la metí en mi boca. Respiré
profundo, y dije a mis adentros: -¿Qué hay sobre la reencarnación?
Apreté ligeramente el gatillo, y una vez
que penetró toda mi garganta, sólo se escuchó un bebé llorar.
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