No podía contener la emoción y felicidad de
tenerlo en brazos. Era ligero y precioso; El color de su cabello era negro, tan
negro como el carbón, un cabello de seda… Una nariz diminuta, y unos ojos
grises enigmáticos cristalinos. Él era mi pequeña creación, el producto de una
mitosis perfecta.
Una vez que lo tuve en brazos, entró Adam,
el cual esbozó una sonrisa y lo tomó en brazos, meciéndolo hasta quedarse
dormido.
Yo no sabía cómo sentirme, fue el tercer
intento de embarazo, pero al fin y al cabo, fue exitoso. Era toda una mezcla de
emociones, estaba maravillada y tan agotada. La enfermera me dio una sopa en
conjunto a unas pastillas para que pudiera descansar aquella noche.
Eran las veintidós con treinta, y me sentía
atascada. El cielo despejado, y aquella lluvia de estrellas. Qué estupendo
paisaje hacía en Islandia.
La enfermera me echó una mano al darme un
baño. Me unté crema con fragancia, abroché el brassier, y me coloqué un camisón
color azul cielo. Adam se había ido de la habitación a buscar mis cosas, y traérmelas
a la habitación. Así que me acosté, me acobijé, cerré mis ojos con el objetivo
de que la pastilla hiciera efecto y yo pudiera descansar. Realmente había sido
una noche bastante agitada, sin embargo, no podía contener la emoción. Al rato
entra Adam, con aquella sonrisa impecable. Vaya… Esa era yo, con unas ojeras
pronunciadas tras pasar parte de la noche en la ejecución del parto, mi
cabellera color ámbar rizada, húmeda, mi piel pálida, con aquellos ánimos
desgastados, impregnada de fragancia. Mis condiciones quizás no eran las
mejores, pero luego de todo aquél proceso, y sí, digo proceso por la cantidad
de cosas por las que he tenido que pasar. Recuerdo pasar días en casa de mal
humor, los vómitos, náuseas repentinas, o la suavidad de las manos de Adam bajo
la miel de mis pechos.
Después de todo, me he dado cuenta que la
persona que me ha ayudado en mis caídas ha sido él. Él era aquella luz, esa
energía que aún me mantenía. En cada intento fallido por aborto espontáneo,
permanecía optimista. Ese hombre era el estereotipo de padre que yo necesitaba,
y me bastaba saber que lo tenía a mi lado la mayor parte del tiempo. Incluso
cuando se levantaba temprano para ir a trabajar, no olvidaba darme los buenos
días, y dejarme plantado un beso en la frente. Al llegar, podía estar lo más
agotado, y nunca olvidaba las buenas noches, ni olvidaba preguntarme qué había
hecho en el día, además de siempre hablar sobre intereses.
Eso era lo que más me motivaba, quizás la
cantidad de cosas que teníamos en común, y la facilidad de hacer que las cosas
que a simple vista parecían insignificantes y tontas, para él eran una
maravilla. Todos los días traía algo nuevo a casa, siempre eran noticias
buenas. Era sorprendente lo mucho que costaba que Adam fuese negativo, podía
estarse cayendo el mundo en pedazos, y él aún tenía la esperanza intacta.
No sé si eso es algo bueno o malo, suelo
ver la esperanza como un sentimiento de doble filo. Nos hace olvidar que el
tiempo pasa, y no voltea para ver si nos quedamos atrás, continúa. Perdemos
oportunidades, simplemente por una espera que es en vano, sin embargo, la
esperanza es aquello que aún nos mantiene allí en las situaciones difíciles.
Aquello que aunque ya no puedas más con la vida, aún quedará aquella chispa
tratando de expandirse.
Pero así era él, y no había palabras para
describir lo afortunada que era de haberlo conocido, y de tener una pareja tan
maravillosa como lo era él.
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