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martes, 28 de noviembre de 2017

Sin título, Capítulo II. 07/15/2014

No podía contener la emoción y felicidad de tenerlo en brazos. Era ligero y precioso; El color de su cabello era negro, tan negro como el carbón, un cabello de seda… Una nariz diminuta, y unos ojos grises enigmáticos cristalinos. Él era mi pequeña creación, el producto de una mitosis perfecta.
Una vez que lo tuve en brazos, entró Adam, el cual esbozó una sonrisa y lo tomó en brazos, meciéndolo hasta quedarse dormido.
Yo no sabía cómo sentirme, fue el tercer intento de embarazo, pero al fin y al cabo, fue exitoso. Era toda una mezcla de emociones, estaba maravillada y tan agotada. La enfermera me dio una sopa en conjunto a unas pastillas para que pudiera descansar aquella noche.
Eran las veintidós con treinta, y me sentía atascada. El cielo despejado, y aquella lluvia de estrellas. Qué estupendo paisaje hacía en Islandia.
La enfermera me echó una mano al darme un baño. Me unté crema con fragancia, abroché el brassier, y me coloqué un camisón color azul cielo. Adam se había ido de la habitación a buscar mis cosas, y traérmelas a la habitación. Así que me acosté, me acobijé, cerré mis ojos con el objetivo de que la pastilla hiciera efecto y yo pudiera descansar. Realmente había sido una noche bastante agitada, sin embargo, no podía contener la emoción. Al rato entra Adam, con aquella sonrisa impecable. Vaya… Esa era yo, con unas ojeras pronunciadas tras pasar parte de la noche en la ejecución del parto, mi cabellera color ámbar rizada, húmeda, mi piel pálida, con aquellos ánimos desgastados, impregnada de fragancia. Mis condiciones quizás no eran las mejores, pero luego de todo aquél proceso, y sí, digo proceso por la cantidad de cosas por las que he tenido que pasar. Recuerdo pasar días en casa de mal humor, los vómitos, náuseas repentinas, o la suavidad de las manos de Adam bajo la miel de mis pechos.
Después de todo, me he dado cuenta que la persona que me ha ayudado en mis caídas ha sido él. Él era aquella luz, esa energía que aún me mantenía. En cada intento fallido por aborto espontáneo, permanecía optimista. Ese hombre era el estereotipo de padre que yo necesitaba, y me bastaba saber que lo tenía a mi lado la mayor parte del tiempo. Incluso cuando se levantaba temprano para ir a trabajar, no olvidaba darme los buenos días, y dejarme plantado un beso en la frente. Al llegar, podía estar lo más agotado, y nunca olvidaba las buenas noches, ni olvidaba preguntarme qué había hecho en el día, además de siempre hablar sobre intereses.
Eso era lo que más me motivaba, quizás la cantidad de cosas que teníamos en común, y la facilidad de hacer que las cosas que a simple vista parecían insignificantes y tontas, para él eran una maravilla. Todos los días traía algo nuevo a casa, siempre eran noticias buenas. Era sorprendente lo mucho que costaba que Adam fuese negativo, podía estarse cayendo el mundo en pedazos, y él aún tenía la esperanza intacta.
No sé si eso es algo bueno o malo, suelo ver la esperanza como un sentimiento de doble filo. Nos hace olvidar que el tiempo pasa, y no voltea para ver si nos quedamos atrás, continúa. Perdemos oportunidades, simplemente por una espera que es en vano, sin embargo, la esperanza es aquello que aún nos mantiene allí en las situaciones difíciles. Aquello que aunque ya no puedas más con la vida, aún quedará aquella chispa tratando de expandirse.
Pero así era él, y no había palabras para describir lo afortunada que era de haberlo conocido, y de tener una pareja tan maravillosa como lo era él.


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