Cada día, era como un renacer. Era despertar, ocuparme del aseo personal, el orden de mi hogar, y por supuesto, mi hija.
De alguna forma, cada hora que transcurría era tan solo un dolor de cabeza. Era como aquellos días en los que luego de una fiesta, queda el rastro de la embriaguez. El dolor en la planta de los pies a causa del tacón, el dolor estomacal luego de ingerir comida que no te cayó de lo mejor.
Pasaba la mayor parte del tiempo enfrascada en un trabajo en el cual, probablemente trabajaba demás para lo que era mi ganancia. Las horas no solían avisar, y sin más, solo volaban, como pájaros emigrantes. Sentía que mi vida era tan solo una monotonía de la cual no lograba salir.
Por los días no había escape, la casa preguntaba cuándo hallaría un nuevo dueño de la emotividad en mí, un compañero, ya que el que había hallado, me dejó un pequeño regalo, un producto de nuestra mezcla, para luego solo marcharse, sin más.
Ella era mi reflejo, un espejo más joven, una esponja de ilusiones, sueños, experiencias, con tan solo diez vueltas alrededor sol consigo. Era una sirena de tinas, risas por los aires, preguntas espontáneas, curiosidad en mejillas, de melena abundante, con unos ojos almendrados color café. Era la columna que sostenía mi estructura, lo que teñía mi paisaje de color.
Cada noche, de paso en paso, terminaba en el borde de su cama, preguntándole cómo le había ido en el día, tratando de no echarle la culpa a las horas de trabajo que no invierto en pasarlas con ella. Y antes de que sus párpados cedan, y le den aquella muerte momentánea a la que denominamos sueño, pero a la vez nos da aquella maravilla de vivir un sueño, suelo contar historias. Fantasía, reales, de ficción, de amor, porque eso es la vida, una historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario