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viernes, 29 de agosto de 2014

Él es una serenidad, aún pienso en su rostro y en lo segura que me hace sentir su voz. Es como aquel calor que desprende la chimenea en un largo invierno.
Él es aquellos rayos de sol que maravillan la primavera. Aquella fuente de agua potable que recorren las montañas de mis alrededores. Sus manos servían de acobijo.
Es la roca que me sostiene cuando debo cruzar agitadas aguas de río. La balsa que me traslada a lugares que solo en mi mente habitan. 
Él es un sueño. De día, por la tarde, en la noche; un sueño lo bastante real. Es un ave que adora llevarme entre sus garras a través de los aires. También fuertes vientos que revolotean en mi cabellera, pero más que todo, una estrella que ilumina mi cielo cada noche aún cuando las emociones despiadadas, buscan desestabilizarme.
Él es estabilidad en lo inestable. El bolígrafo y papel de cada día, el recuerdo de mis labios, la estela de su tacto. Su cercanía es calma. Es aquella vela encendida por las noches, es luz en obscuridad. Es aquel vaso de agua que suele tranquilizar mis penas, la anestesia al dolor, el valium ante el insomnio, las alas que me complementan.
Es todo lo que necesitaba
equilibrium

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