Era un día frío, o con mejor expresión, varios días fríos. El sol parecía tener miedo de sí, y se escondía tras las nubes. Sus rayos, eran delgados hilos de coser, casi no tenían efecto ante la nieve. Todo parecía estar cubierto bajo una manta color blanco. Las personas aguardaban en sus casas cada ventisca. Las chimeneas encendidas, y era cálido, pero a su vez, un ambiente lo bastante triste.
Había estado patinando sobre un hielo que se deshacía lentamente. Ese hielo, era mi estabilidad.
Ya no hallaba rincón en cada libro que se pasaba por mis manos. Cada vez que abría el refrigerador no era más que para tomar un vaso con agua siquiera, puesto que ya las comidas huían de mí. Las lágrimas se combinaban con el agua que caía de la ducha, y empapaba mi cuerpo.
Me había deshecho de la mayoría de las cosas que tenía en casa.
Mis ropas eran todas color negro y color blanco, mi cama pasaba la mayor parte del tiempo descubierta, los trozos de vidrio provenientes de botellas, se encontraban en el suelo.
Por las noches, cuando los demonios se acercaban a mí, podía sentir la tentación de ingerir alcohol hasta que el vacío no solo fuera el mío, sino también el de la botella.
Mi estómago, vacío, recibía punzadas por parte del licor. Sentía como el líquido bajaba a través de mi garganta, y me quemaba por dentro. No entiendo por qué sentía tanta satisfacción al hacerlo.
Pero, decidí cortar con la rutina.
Me levanté a media noche, mareada a causa del alcohol, con lencería, no más. Me acerqué hasta el espejo de mi armario, me fijé en lo marcadas que estaban mis costillas, y ahí te vi.
Estabas tú, con un aspecto terrible y borroso. Parecías consumida, consumida por extrañar seres que no volverán. Y en eso, comenzaste a delirar.
Saliste en plena nevada, sin nada que cubriera mucho más tus espacios... la hipotermia venció al tiempo. En ese instante, supe que te perdí.
Te perdí, la perdí, nos perdimos, te perdiste.

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