Esa noche eran aproximadamente las veintidós con treinta minutos. La casa estaba completamente obscura a excepción de la luna resplandeciente saludando por la ventana mientras juguetea junto a unas nubes. El frío del viento sopla entrando como bocanada. Un silencio repudiable era interrumpido por «Le journal d'une femme de chambre», la película que puse en la T.V.
Mi único acompañante en la velada era el gruñón de Gordon, menudo gato con sobrecarga de consentimiento y vagancia.
Esa era yo, echada en la cama, disfrutando de una película de 1964, riendo a carcajadas con la apatía de Célestine con su obstinante patrón, vaya ejemplo de mujer. A pesar de encontrarme en cama, con una manta, Gordon, la taza de café posada en la mesa de noche izquierda, la «biscuits» de chocolate en una bolsa, pasándola bien durante la alargada noche, con un insomnio pronunciado. No logro saciar mi tranquilidad; mi curiosidad me llega a lo sumo y decido echar un pie. Me levanto de la cama, saco alguna prenda interesante del armario: una cazadera lo bastante guapa, vaqueros, jersey blanco, unas botas y ya está.
Me adentro a mi minúscula sala y digo a mis adentros: -Venga, el piano Hímero a la derecha, mis preciados libros en las estanterías y mi preciado caballete arrinconado, repleto de colores... menudo desastre-. Reviso si me habré dejado las llaves de la casa en la mochila, y efectivamente.
En las mañanas mi rutina se basa en desperar, darme una ducha, conseguir alguna prenda interesante en el armario el cual creo que no actualizo desde hace un par de años, inserto el móvil, las llaves de la casa y el coche, un pintalabios color rubí, la máscara de pestañas, la caja de pinturas al frío y los libros de pintura el cual mi favorito es «El desnudo». No me llevo a mi caballete al que suelo llamar Richard, porque Dorothy, la otra caballete, la suelo dejar en el aula. Una vez que tengo todo, me marcho a la universidad. Ciertamente, estudio Artes plásticas en Madrid; la Universidad Complutense es como un castillo y se podría decir que mi refugio es la librería. Estar allí es como «pez en el agua». Demasiados tíos buenos que no toman en cuenta a las fieles admiradoras del genio Botticelli, y a su vez tienen a la música como su filosofía.
Esa noche hacía un frío de cojones, sin embargo, decidí salir a caminar a ver si le ponía el ojo a algún libro mono que comprar por la mañana antes de ser nuevamente, «la sirviente del castillo».
Salí de casa y caminé hasta la AV. Gregorio del Amo y quise esperar un bus. Mientras espero, me doy cuenta que un coche ha salido disparado, llegando a la esquina y ha dado un frenazo, que ¡hostia! me he hecho encima del susto; un tío se ha bajado y le ha abierto la puerta del coche y tira a una chica al suelo mientras esta está tanto ebria como con moretones en el cuerpo. -Santo cielo- dije a mis adentros mientras el coche se esfumó con su prisa. No supe que hacer así que salí corriendo hasta llegar a donde estaba la tía, pero esta se desplomó, cayó desmayada ante la mala racha, y conmoción. Me había dejado el coche, «Demonios, ¿y ahora?». Tomé el móvil, y llamé a Dan, mi compañero de la clase de literatura y francés, y sin aliento le dije:
-Dan, ven de prisa a la AV. Gregorio, estoy en la esquina, por favor es una urgencia, lo más pronto que puedas y con destino a la clínica-. dije asustada.
-Voy de inmediato- Me contesta y tranca.
Rápidamente, le desabroché los primeros botones del jersey y le levanté los pies mientras llegaba Dan en el coche; era un milagro que viviera a cinco minutos de donde me encontraba.
Apenas llegó, me ayudó a meter a la chica en el coche con cuidado, y se desvió rápidamente a la clínica más cercana. En su rostro tenía una expresión horrorizada ante el evento al igual que por ver a la chica en ese estado. Menudo susto.
Dan rompe el hielo haciéndome un cuestionario:
-¿Te encuentras bien? ¿Quién demonios es esta piba? ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes fueron los gilipollas que le hicieron esto? Qué lío, los quiero hacer picadillo. Hostia, que se ha salvado por los pelos.
Transcurre como un minuto, y dan desesperado me grita:
-¡Vale! ¿¡Quieres decir algo al menos!?
En mis adentros lo único que pienso es -Dan, no lo sé, no sé quién es ella, qué exactamente le habrá pasado, si habrán abusado de ella- afortunadamente, noté que la piba traía consigo una cartera e imaginé que tenía identificación, así que la había guardado. La saqué, y extraje su identificación y se la lancé a Dan mientras manejaba y le dije:
-No sé quién es esta chica, ahí tienes, si aún no sabemos qué le habrá pasado, al menos sabemos su nombre, cuando esté tranquila te lo explico, por favor. Gracias.
-Bella Moreau- dice.
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