Esos días que se tornan grisáceos, esas mañanas en las que el tiempo pasa a ser de mal rato. Esos días en los que amanecemos con un refriado que a un principio parece ligero, pero luego se pasa a tomar medicinas durante días para mejorar. Son aquellos días en los que nos despertamos con el pie izquierdo y sentimos que algunas cosas salen mal, otros en los que simplemente hay cosas que iban bien, pero repentinamente cambiaron de rumbo. Aquellos momentos en los que el estrés desborda el agua del vaso, el dolor de cabeza es insoportable y aparece una lista con una serie de cosas por hacer, que a la hora de leer parece una Biblia en versión más pequeña.
Son aquellas cosas que ocurren en el momento más inesperado, en el momento que no debe ser, te toman por la retaguardia, despistado.
En este tipo de días el rendimiento baja, podríamos tornarnos negativos, incluso nuestra autoestima falla. Podría decir que en muchas ocasiones me gustaría dar lo mejor de mí, y esto no ocurre por la sencilla razón de la sensación de insuficiencia y además, de que no valdría la pena.
Siempre te dicen que debes intentarlo, que es preferible intentarlo, fallar, pero haberlo intentado. En vez de suponer, diré que es así. Y cuando las cosas se ponen más difíciles, las piedras del suelo un poco más complicadas de mover, es porque quizás, mientra mayor esfuerzo, mayor será tu recompensa.
Somos títeres de malas influencias y energías negativas, si nos adentramos a esto de la positividad y negatividad mental, pero ciertamente, lo que afirmo en su totalidad, es que es cierto cuando dicen que todo lo que quieras hacer, lo puedes hacer cambiando tu forma de pensar...
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